Programa Académico-Cultural 2020

Para quedarte en casa te compartimos un Cuento Chino

Cuento escrito por Yang Qian, alumna de la Universidad de Estudios Extranjeros  de Beijing

En esta ocasión les presentamos Ir a ver a Momo, cuento escrito por Yang Qian, alumna de la Universidad de Estudios Extranjeros  de Beijing (BFSU, por sus siglas en inglés), quien obtuvo el segundo lugar del Concurso Nacional Universitario de Cuento en Español de China.

Yang Qian, alumna de la Universidad de Estudios Extranjeros  de Beijing
Yang Qian, alumna de la Universidad de Estudios Extranjeros  de Beijing

El certamen fue organizado por la Sede de la UNAM en China, la Facultad de Estudios Hispánicos y Portugueses de la BFSU y la Dirección de Literatura de la UNAM.

Este cuento forma parte de la edición bilingüe español-chino, Cuentos Chinos, publicada bajo el sello de la editorial de Literatura de la UNAM.
Como una forma de contribuir a la difusión de la literatura escrita por los jóvenes,  publicaremos algunos de los trabajos ganadores. 
Sin más preámbulo, disfruten la lectura.

IR A VER A MOMO

Por Yang Qian

Mo tenía que hacer dos transbordos. En el autobús logré encontrar un asiento disponible y me senté, lo que si no recuerdo mal me incomodó aún más que permanecer de pie aplastada y asfixiada entre la muchedumbre que se agitaba sin cesar al ritmo del vaivén del vehículo. Dejé caer la cabeza para evitar las miradas que sentía posarse sobre mí, miradas en las que creí detectar censura y desprecio. Recordé que años atrás, cuando me quejé con Li An de la mirada hostil que Mo Mo me lanzaba de vez en cuando, me respondió que no le hiciera caso porque yo no había hecho nada malo.

Además, a nadie le queda energía para odiarte con sus 16 horas diarias destinadas al estudio añadió ella, antes de soltar junto conmigo una risa llena de resignación.

Al detenerse el autobús, se bajó una anciana, a quien seguí con la mirada y, para mi asombro, la vi dirigirse a una bandada de gorriones que, al sentir su presencia, estalló en decenas de piezas grises que en espiral se dispersaron hacia el brillo del cielo. Con los ojos cerrados y la cabeza inclinada hacia atrás, la anciana esbozó una amplia sonrisa casi boba. Así que no está enojada, pensé. Si Li An estuviera a mi lado, estaría de acuerdo conmigo. Casi nunca teníamos discrepancias entre nosotras, ni tampoco secretos. Cinco años atrás llegó a decirme que si no le hubiera importado perder el apoyo de su madre nunca habría venido al instituto, donde los alumnos pasaban los días encorvados sobre libros y tareas y ejercicios extras de repaso, porque no le inspiraba mucho entusiasmo la idea de terminar en una universidad prestigiosa. Su impasibilidad me asustó tanto que le eché un sermón como una madre lo haría con su hija rebelde, advirtiéndole que, aun sin escatimar esfuerzos, apenas podría rivalizar y eliminar a Mo Mo en el programa de convenio bilateral, cuando faltaba tan sólo un mes para la Prueba de Clasicación. También añadí que, habiendo Mo Mo ya perdido una vez, estaría haciendo todo lo posible para ingresar al programa. Tres días después de ese episodio, cuando por fin Li An volvió a dirigirme la palabra, me dijo que yo le había repetido lo mismo que su madre le dijo; la fastidiaba todo el tiempo con lo de dejar a Mo Mo fuera del juego.

¿sabes quédeclaró con tono desafiante y todavía enojado. He decidido darles la razón.

Desde entonces todo el mundo supo que Li An, instalada en la mesa estudiando todos los días, tomaba muy en serio lo del programa. Me dijo que también había dejado a su novio, a quien antes veía dos veces a la semana en secreto porque estaba prohibido tener pareja en el instituto.

Sonreí al pensar en aquellos días, cuando el autobús giró hacia una avenida amplia e iluminada. Los árboles a ambos lados, altos como columnas de un templo, pasaban hacia atrás a toda velocidad, entre cuyas hojas se filtraba el sol como chorros de vino dorado y los fragmentos de luz se proyectaban en el suelo, superponiéndose y mezclándose con las sombras de las hojas, como si se tratara de un tablero de ajedrez arrugado. Perdón, exagero, como tiendo a hacer siempre que intento escribir sobre algo ya pasado. Puede que el paisaje no se viera tan glorioso, pero me he dejado llevar por la alegría al recordar mi amistad con Li An y ello me hace edulcorar lo que realmente presencié. Cuando el autobús llegó a la siguiente parada me bajé y fui hasta la estación de metro. Mientras bajaba por la escalera, la sombra me tragó poco a poco hasta que me sumergí por completo en el aire húmedo y viciado de la estación subterránea.

El día en que se publicaron los resultados de la Prueba de Clasificación para el programa, la directora de nuestro instituto, la señora Han, o Aunty Hanni, como insistía en que la llamáramos, pronunció un discurso en el que expresó su agradecimiento hacia mí por convencer a Li An de esforzarse, sin lo cual no habría conseguido ser admitida en el programa del convenio bilateral que le permitiría ir a estudiar en un afamado centro de estudios extranjero. Aparté mi rostro sonrojado, intentando ocultar mis ojos humedecidos, conmovida por las palabras tan amables dedicadas a mí por alguien a quien siempre había admirado.

No, miento, y en realidad ya por segunda o ¿tercera vez? No sabría decir si he dicho toda la verdad en este texto. La realidad es que no pude respetar a una directora tan impecablemente gentil e imparcial delante de sus alumnos, y que exigía a su hija eliminar a una compañera. Ni me gustó su agradecimiento. No se habrá imaginado que yo había ayudado a Li An más de lo que sabía y, al hacerlo, había herido a alguien a quien no dirigí la palabra desde entonces y que ahora iba a ver.

Aunque había varios asientos disponibles en el metro, permanecí de pie en un rincón, con la espalda pegada contra una cartelera del vagón bañada en la luz pálida y sombría que emitían los tubos fluorescentes. En el estruendoso ruido que hacía el metro se perdían los susurros de los pasajeros, quienes, con las cabezas muy juntas, alzaban la voz en un intento vano para hacerse oír. Dicen que ese ruido, si se aumentara mil veces, podría dar la idea de lo que pasa en el cerebro cuando estás herido. Un estrépito contundente que te entumece el cerebro dándote golpes incesantes hasta que no puedes detectar ningún otro sonido. Sé que esto es verdad porque tuve una compañera que sufrió una conmoción cerebral y siempre la asocio con un rostro retorcido, con las facciones enredándose entre sí. Estábamos de pie en una plataforma esperando a que nos sacaran una foto, porque dentro de unas semanas, entre los alumnos que se habían apuntado al programa del convenio bilateral esto es, Mo Mo, Li An y dos chicos aún más inteligentes y aplicados que ella los que pasaran la Prueba de Clasificación ya no vendrían al instituto y no tendríamos otra oportunidad para tomar una foto en la que salieran todos. Una chica, sentada en una silla de ruedas por habérsele amputado un pie tras un accidente, estaba en la primera fila al lado de Mo Mo y mío, cerca del borde de la plataforma. Estaba yo hablando con Li An, una fila detrás de mí, cuando oí un grito ahogado que, asustada, me hizo volver la cabeza. Con la mirada desenfocada, creí capturar un movimiento, borroso y fugaz, antes de ver a la chica caer de la plataforma y golpearse la cabeza contra el suelo.

Aquella tarde nos informaron que estaba grave, por lo que no podría ir a clase durante algunas semanas. El alboroto armado por el incidente tardó un día en mitigarse y los alumnos volvieron a comerse los libros de ejercicios que se apilaban en sus mesas como muros desgastados. Dos días después ya no se notaba ni una velada alusión al incidente, pero seguí esperando, aguzando el oído todo el tiempo, para tratar de captar detalles que pudieran confirmar lo que presencié. Y nada. Estaba furiosa por la indiferencia de mis compañeros, pero aún más por mi propia duda pues, aunque tratara una y otra vez de recordar lo que había visto, sólo encontraba que, al igual que en las pruebas de comprensión auditiva, mientras más me concentrara y tratara de hacer memoria, más y más se tornaba confuso aquel momento en el que no me fijé bien, hasta tal punto en que se convirtió por completo en pura imaginación.

La chica del incidente regresó pero, debido a su lesión, apenas recordaba cómo había ocurrido su caída y estaba bastante extrañada porque, siendo alguien con discapacidad, siempre había tenido sumo cuidado.

Había oído decir que Mo Mo no se llevaba bien con la chica amputada, pues ésta le arrebató el Premio Nacional para los 50 Mejores Alumnos del Instituto, galardón que supuestamente había ganado justo por ser una alumna vulnerable, de voluntad inquebrantable, ya que, de otra manera, jamás habría tenido la capacidad siquiera de competir con Mo Mo en el estudio. A veces, al pensar en las palabras de la chica amputada, en su expresión de dolor y en el hecho de haber estado de baja por la lesióalgo que los alumnos del bachillerato suelen evitar a toda costa para no perder clases ni tiempo de estudio cada vez me convencía más de que no se había tratado de un accidente, pero cuando veía a Mo Mo explicando con paciencia a sus compañeros un problema matemático especialmente difícil, me avergonzaba por haber concebido la idea de que una estudiante tan brillante y amable, y entregada totalmente a la preparación para la Prueba de Clasificación, hubiera querido hacer pagar a una pobre chica que se había beneficiado de su estado desfavorecido.

No dije nada a Li An sobre este asunto, aunque de todas maneras no le habría interesado, pues estaba casi colapsada por el examen venidero. Según el convenio bilateral, admitirían a sólo tres de los cuatro alumnos solicitantes, y todo el mundo sabía quién iba a perder, incluso después del milagroso viraje que se iba a producir en la actitud de Li An en relación con su estudio. Nuestra suposición hizo que no tuviéramos preparada una reacción digna cuando se anunció el resultado de la Prueba en el discurso de la directora Han. Nuestra respuesta fue un silencio helado.

Me bajé del metro para tomar otra línea; mi cabeza estaba a punto de estallar del dolor causado por el ruido del metro que seguía allí resonando. O quizá no era por el ruido, sino por la aguda sensación de arrepentimiento o de la despiadada culpabilidad. Li An me dijo que, entre todos los sentimientos del ser humano, la culpabilidad es el más ridículo. Es más ridículo incluso que el odio, pues es el odio contra sí mismo, una con- dena que te autoinfliges al creer haber cometido un error, cuando en realidad no lo has hecho. Sin embargo, yo no lo pensaba de ese modo. Para mí, la culpabilidad era un castigo justo, sin importar si había tenido mala intención o no.

¿Acaso habría podido justificarme si en el autobús no le hubiera cedido el asiento a la anciana, aunque la haya visto hacer un ademán de acercase? ¿O podía haber dicho que no fue un error que, urgida por la indignación, mi antipatía hacia Mo Mo por mi amistad con Li An, en un momento de impulso escribiera una carta anónima a la chica herida, en la cual le comunicaba que alguien había visto a Mo Mo darle un empujón haciéndole caer del borde de la plataforma? ¡Vaya carta tan rebosante de certeza, con detalles que quizá yo misma nunca habré de saber si fueron ciertos o no!

Debió ser muy convincente lo que escribí. Al día siguiente los padres de la chica herida fueron al instituto y hablaron mucho tiempo con la directora. Por la tarde llamaron a Mo Mo a su despacho y, dos días después, se descubrió que, por haber cometido una falta grave, habían rechazado la solicitud de Mo Mo para el programa del convenio bilateral.

Debí haber seguido en el metro, pero no pude más con el ruido, ni con el encierro, ni la atmósfera sombría que amenazaba con sofocarme. Me decidí a cubrir el resto de la distancia caminando, por lo que tardaría media hora más. No importaba. Cuando hablé con Mo Mo por WeChat me dijo que permanecería en casa todo el tiempo.

No hay prisa, ven cuando estés lista.

Esperaba que hiciera sol, pero cuando salí de la estación subterránea me topé con un cielo nublado que me hizo dudar si el buen tiempo que disfruté cuando estuve en el autobús no había sido más que producto de mi fantasía. De vez en cuando se levantaba un viento tan suave como el agua tibia, que es para los chinos el gran medicamento sagrado capaz de curar cuantas enfermedades existan. Quizás esta creencia se deba a la fuerza de adaptabilidad del agua elemento que por su estado líquido es inquebrantable y a la temperatura que, al no ser ni calurosa ni fría, tranquiliza.

No tenía por qué sentirme nerviosa, pues no hubo manera para que Mo Mo se enterara de quién habífiltrado la información a la chica herida, aunque recordaba que de vez en cuando había creído sentir resentimiento en los ojos de Mo Mo cuando ella me miraba. Tampoco supieron los alumnos por qué le imputaron una falta grave. Todos especularon que habría hecho algo deshonroso que no quisieron que se conociera, ya fuera para proteger a la alumna o la reputación del instituto.

A veces yo llegaba a creer que el castigo se debió a algo totalmente ajeno a lo de la chica herida, a algo más que Mo Mo había hecho. En todo caso, no protestó por la condena, lo que podría entenderse por el reconocimiento que hizo de su fechoría; o quizá, inteligente como siempre había sido, sabía que no habría servido para nada defenderse, pues ya la directora Han tenía toda la intención de excluirla del programa, a ella, la que de entre los tres solicitantes, era la más capaz. Ello tal vez evitaría sospechas si su hija llegara a superarla. Si no le hubiera hecho esta imputación habría buscado cualquier otra excusa creíble, aprovechándose de su cargo de directora, aun cuando Mo Mo no hubiera hecho nada.

Eran puras especulaciones. Un pobre intento por recuperar lo pasado, algo fugaz e ilusorio como la ensoñación, que no se conserva sino a través de la narración, el mecanismo más enigmático y falaz que jamás haya existido.

Ya estaba cerca de donde vivía Mo Mo. Me había dicho por WeChat que ella y su novio habían alquilado una vivienda. Se iban a casar el próximo año a pesar de que acababan de graduarse de la universidad. Habían montado un negocio en línea que le permitía a ella trabajar en casa y estar con su novio. Y, contrario de lo que yo esperaba, no tenía plan de solicitar un máster, pues dijo que lo de estudiar en el fondo siempre la había fastidiado. Cuando estábamos a punto de terminar la conversación me preguntó de repente por qué quería verla. En un momento imaginé oír en su tono, calmado y cortés, una pregunta implícita: ¿quieres venir a preguntarme en persona por qué me pusieron la falta grave?

Le dije la verdad.

No nos hemos visto desde hace mucho y me gustaría una pequeña reunión para que habláramos de la vida que llevamos ahora.

Y no miento o, mejor dicho, no me dejo engañar por la imaginación o la confusión de la memoria, como he hecho varias veces mientras escribo este texto.

Ella me respondió con una risa sonora.
—¡
Pues ven! Te preparamos algo para comer. Y la vi. Antes de entrar al edificio de su departamento, levanté la mirada y ahí estaba, sentada en el balcón al lado de un hombre apuesto, con quien hablaba mientras pelaban unas naranjas. Por sus expresiones y la conversación que mantenían en susurro se deducía que juntos se sentían completos. En ese momento supe que lo que había dicho sobre lo fastidioso que le había parecido estudiar, lo dijo en serio. Todo lo pasado, la competencia, las infinitas horas dedicadas al estudio, se veía ahora eclipsado por la presencia del hombre que había encontrado, una preciosa alma con quien quizá no se habría cruzado nunca si no hubiera sido por un viraje en la vida.

Ella se agachó para liberar, del freno de la silla de ruedas donde estaba sentado su prometido, una punta de la manta que le cubría los muslos y las rodillas. De esa manta asomaba sólo una pierna. Luego, ella se irguió y las miradas de los dos se encontraron. Rieron en voz baja y suave.

Entré en la puerta del edificio y subí las escaleras.


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